domingo, 26 de octubre de 2008

Los Karivan


Encontré “Los Karivan”, de Miljenko Jergovic, rebuscando en una montonera de libros en la sección de ofertas de la París-Valencia del parterre. El irrisorio precio de la novela -2 o 3 euros, creo recordar- unido al recuerdo de alguna buena crítica sobre “La Casa del Nogal”, novela firmada por el mismo autor, me impulsaron a comprarlo. Eso y que estaba recién llegado de un viaje por las tierras que lideró el Mariscal Tito con puño de hierro, por lo que andaba bastante predispuesto. Y vaya si me alegro, de no ser así igual me hubiera perdido este compendio de historias sencillas y que tantas cosas revelan sobre la sociedad balcánica. De hecho y esto es lo más interesante, explica mejor su compleja actualidad que la mayoría de ensayos publicados sobre el tema.

El autor es un corresponsal y columnista bosnio-croata que empezó su carrera escribiendo artículos para diversas revistas de Sarajevo. Actualmente goza de cierto reconocimiento, merced a algún premio por sus libros de poesía, ensayo y narrativa. Lo cual le equipararía, salvando mucho las distancias, al premio Nobel bosnio Ivo Andric, autor de la famosísima “Un puente sobre el Drina”. Entre las obras más conocidas de Jergovic destacan “El jardinero de Sarajevo” y  la anteriormente mencionada “La Casa del Nogal”.

Publicada en el año 2000, hay que advertir que “Los Karivan” no es una novela al uso. Es más bien un cúmulo de historias con un nexo de unión, en ocasiones claro y en otras no tanto. Una suerte de narración coral que participa tanto de la novela como del relato. Consta de cuarenta historias breves que dibujan un mundo cambiante y con una terrible constante, la fragilidad. Centrándose en esas explosiones de violencia que, por desgracia, sacuden el avispero de los Balcanes cada poco tiempo y que confirman las teorías de Freud sobre la precariedad de la civilización humana.

Los relatos vienen protagonizados por un conjunto de personajes muy heterogéneo que comparten la descendencia de Iván el Negro -kara-Ivan en serbocroata-. Personaje que habitaba en los territorios de la actual Bosnia, cuando todavía formaba parte del Imperio Otomano y se llamaba “negros” tanto a los asesinos como a héroes. Cuenta el autor que no consta que el tal Iván fuese un delincuente y, desde luego, tampoco protagonizó hazaña alguna, por lo que quizás se le apodó “el negro” porque era herrero. El caso es que los sucesores de aquel herrero, los sufridos Karivan, se vieron obligados a soportar el dominio turco, a los emperadores austro húngaros, la ocupación nazi, la creación forzosa de la extinta Yugoslavia y, en última instancia, el acoso de los francotiradores y los cañonazos de los chetniks en el marco de la Guerra de Bosnia. Se trata por lo tanto de una narración sobre los bosnios, en clave anecdótica, que abarca la friolera de doscientos años. A través de unas historias que se desarrollan a lo largo y ancho de todo el país, desde Sarajevo hasta Banja Luka, pero que también viajan hasta los confines del antiguo Imperio Austro-húngaro y aún más allá, hasta Canadá o los EEUU. Durante todo este tiempo los Karivan, ya diversificados en un sinfín de familias y con diferentes apellidos, consiguieron mantener sus lazos pasando por encima de su diversidad religiosa, étnica o dialectal. Eso hasta el año 1992, cuando por culpa de una guerra fratricida dejarían de reconocerse.

Entre los relatos que recoge el libro, destaca por su belleza y simbolismo “La víctima”, en el que Simun Gavran vive atormentado por culpa de un accidente con su caballo que ocasionó la muerte de un chiquillo de tres años. O “La Sagrada Familia de Ferhat”, en la que dos jóvenes monjes intentan convencer a un viejo musulmán para que les ceda un cuadro religioso que por circunstancias azarosas obra en su poder. Más interesante aún es lo que le sucede a los protagonistas de “Nadie” y “La biografía”. El primero de ellos es un croata que no puede acreditar su identidad porque carece de partida de bautismo, por un olvido de sus progenitores, por lo que es confundido por los suyos que creen ver en él a un enemigo. El segundo relato lo protagoniza una familia judía que escribe al Ayuntamiento de Sarajevo desde Israel con la esperanza de averiguar algo sobre las peripecias de un antepasado. Ante esto, el encargado del expediente se verá en la tesitura de contar la verdad, o sea que no hay datos, o suplir esa ausencia por una historia inventada que satisfaga a la familia. También merecen una mención especial la preciosa historia de casualidades que hila “Los senos”, el “Mal presagio” que supone una pelea doméstica en medio de un bombardeo, o la terrible y elocuente historia de odios que subyace tras “Los moros”. Aunque el mejor relato de todos es “Los atentados”. Sin ningún género de dudas, vaya. La conmovedora historia de un retrasado mental que alardea de ser el auténtico asesino del archiduque Francisco Fernando o del mismísimo Kennedy. Y es que da para una película y de las chulas.

Con estos cuarenta bocados de la realidad bosnia, Jergovic se erige como uno de los principales cronistas de su país. Un relator de excepción del horror y de sus causas a través de insignificantes dramas humanos. Usando la épica de los detalles esenciales y vistiendo de aparente normalidad la monstruosidad y la tragedia. La verdad es que me ha encantado. Y por supuesto le seguiré la pista.

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