martes, 6 de octubre de 2009

El Palacio de la la Luna



No hace tanto tiempo, tuve una etapa como lector en la que alternaba una obra de Paul Auster con otra de cualquier otro autor, y así sucesivamente. Al final casi me acabe la extensa bibliografía del escritor de Newark. Sin embargo y pese a tener en gran estima a Auster, el despago que me produjo leer la mediocre “Viajes por el Scriptorium” y ver la patética “La vida interior de Martin Frost”, tuvo como consecuencia que cortara con esa etapa de obsesión austeriana

Eso hasta la semana pasada, en la que retomé mi idilio con Paul Auster leyendo una de las pocas novelas que me había dejado por el camino, la maravillosa “El Palacio de la Luna”. Una reconciliación a lo grande, ya que esta novela es de lo mejor que he leído en muchísimo tiempo. En ella me he reencontrado con dos de las máximas que informan toda la producción austeriana y que a mi tanto me agradan, la recurrencia al fatalismo y la importancia de las casualidades en la vida de las personas.

El protagonista de la novela responde al nombre de Marco Stanley Fogg, Fogg o M.S.Fogg para los amigos, que se encuentra a las puertas de la edad adulta cuando los astronautas ponen el pie en la Luna. Hijo de padre desconocido, huérfano de madre desde muy joven, será educado por su excéntrico tío Víctor, un proyecto de buen clarinetista que acabará tocando para orquestillas de mala muerte. Muerto su tío, Fogg caerá en una profunda depresión que le llevará a la más absoluta indigencia, siendo rescatado por su amigo Zimmer y la guapa Kitty Wu, que acabará por ser su pareja. A partir de aquí la historia da un giro total, sobretodo a raíz de que Fogg comience a trabajar para un viejo cascarrabias que esconde mucho más de lo que muestra. Y entre esos misterios ocultos, se encuentran las claves del origen y la identidad de Fogg. Aunque para resolverlos haga falta emprender un largo viaje que lo llevará hasta el Salvaje Oeste… bajo el influjo de la omnipresente luna. 

Una historia preciosa, triste, tierna y conmovedora, en la que Auster proclama a los cuatro vientos esa máxima atribuida a Ortega y Gasset de “Yo soy yo y mis circunstancias”. Me ha calado hondo, sí señor.

Paul Auster en su máximo esplendor.

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